Carbonell: presente e futuro del cattolicesimo montiniano


SEGUNDO FORO DE INTELECTUALES Y PROFESIONALES CATOLICOS DE LOS GRUPOS DE PAX ROMANA DE CATALUNYA Y EUSKADI.

Acción y Espiritualidad en nuestros respectivos contextos nacionales.
Poblet, 22-24 octubre, 2010

“Reflexiones sobre las perspectivas y vicisitudes del catolicismo en nuestros medios profesionales y culturales.”
Josep Maria Carbonell

1. Acción, testimonio y espiritualidad.

De entrada me gustaría sugerir un cambio en el título de nuestro II Forum: en lugar de “Acción y espiritualidad en nuestros respectivos contextos nacionales” propondría un título más acorde con la memoria de nuestros movimientos, en el sentido más amplio, (Acción Católica, CVX, Pax Romana, movimientos conciliares, comunidades de base). Como soy en parte responsable del título actual me siento con más libertad sin faltar a nadie, quizá conmigo mismo, en proponeros: “Acción, testimonio, espiritualidad en nuestros..”.

Cuando me he puesto a preparar el marco introductorio de nuestro II Fórum me he dado cuenta de la necesidad de incorporar la palabra testimonio puesto que la misma forma parte de lo más profundo de nuestra tradición. Quizá, hace unos años, hubiera utilizado una palabra que formaba parte de nuestro lenguaje más común, evangelización. Aún siendo una palabra que utilizamos menos no podemos olvidar cual es la misión de la Iglesia, y de nosotros como laicos.

Recordemos los que nos dejó escrito de manera muy sencilla Bonaventura Pelegrí.

Sí, la MISIÓN de la Iglesia es evangelizar: descubrir a todos los seres humanos el plan salvífico de Dios, revelado a la Humanidad por y en Jesucristo; revelar Dios como Amor, como Padre y Madre, revelar toda la profundidad del ser humano, llamado a ser hijo o hija de Dios; revelar la Humanidad su vocación de devenir Reino de Dios, fraternidad verdadera. En resumen, mostrar Jesucristo como salvación y liberación. Por tanto, tiene que ofrecer a los que acepten Jesucristo los medios de gracia para que puedan vivir en profundidad y de manera creciente su condición de seguidores. Es decir: pensar y sentir como El, actuar como El, amar como El .

La dimensión evangelizadora y laical ha formado parte de nuestra identidad. En mi intervención intentaré formular y sintetizar diversos aspectos que han estado en el código genético de nuestra corriente, en lenguaje de nuestros amigos latinoamericanos, de nuestra tradición, o de nuestros movimientos, en un lenguaje más neutro, es decir, la sensibilidad de un catolicismo identificado en el aggiornamiento de la Iglesia que significó el Concilio Vaticano II, alejado de los intentos del restauracionismo de Juan Pablo II en forma de “la nueva evangelitzación” de los años 90. Nosotros formamos parte de una sensibilidad eclesial que Jordi Pujol, antiguo Presidente de la Generalitat, identificó acertadamente como “el ejército derrotado de Montini”. Los católicos que impulsaron el Concilio y que luego se encontraron en medio de una fortísima tensión entre aquellos que entendían que se debía ir mucho más allá en la transformación eclesial y otros que, atrincherados en sus cuarteles de invierno, bloquearon todo lo que pudieron las grandes líneas de acción del Concilio Vaticano II.

Nuestra sensibilidad eclesial se entronca con la teología francesa, belga y alemana de los años 60, 70 y 80, de Congar, Chenu, De Lubac, de Rhaner, Metz, del P. Arrupe, i quizás en menor grado de Moltmann i Von Baltasar. De la filosofía de Mounier y Maritain. En el plano político nos identificamos con los padres fundadores de la Unión Europea, con los De Gasperi, Monnet, Schumman, siendo alguno de ellos miembros activos de Pax Romana, como debemos recordar, lo fue Pablo VI. Así mismo somos herederos, a partir de los años 70 de la Teología de la Liberación de nuestros queridos consiliarios fundadores Bonaventura Pelegrí y Gustavo Gutierrez, que dejo una huella sin retorno especialmente con la opción preferencial con los pobres como uno de nuestros aspectos identitarios. En Asia, nuestros movimientos, buscaron caminos a partir del diálogo interreligioso y de la inculturación del Evangelio en otras culturas muy diferentes a la occidental. Recordemos a Tissa Balasuriya, teólogo y consiliario en Sri Lanka.

Pero los que aquí hoy nos reunimos, católicos de Catalunya y del País Vasco, somos y nos sentimos, precisamente, católicos de Catalunya y del País Vasco. Nuestra catolicidad –universalidad- nos reafirma en nuestro compromiso en nuestras comunidades. El cristianismo ha sido, en nuestros respectivos países, un elemento catalizador de su identidad nacional y ha forjado, en parte, su forma de ser. Sabemos también que el futuro de nuestro catolicismo pasa por su capacidad en inculturalizarse en nuestros respectivos contextos nacionales.

Precisamente es por ésta tradición por lo que propongo ampliar el título del Forum: “Acción, Testimonio y Espiritualidad” en nuestros contextos nacionales, Catalunya y el País Vasco. Porqué la acción está, a la vez, íntimamente vinculada con el testimonio de la Buena Nueva del Evangelio, y es expresión de la misma, fundamentada en la Revelación de Dios a la Humanidad a través de Jesucristo.

2. Recuperar nuestro catolicismo “Montiniano”, entre el “catolicismo de la diáspora” y el “catolicismo restauracionista del tea-party”.

Europa ha vivido un proceso desafección del Cristianismo que puede ser, posiblemente, el resultado de cinco factores:

(1) El acceso a un bienestar económico y material de amplios sectores sociales, especialmente a partir de los años 60, como nunca había vivido el continente. (L’age d’or )

(2) Este proceso implica que las clases medianas se han visto reforzadas por el gran peso que han conseguido las clases profesionales y técnicas. Por otro lado, la autonomía y la independencia de la misma marcan unas nuevas maneras y unos nuevos valores de carácter postmaterialista que inciden notablemente en la organización de la sociedad ,

(3) El individualismo, de matriz utilitarista y más tarde, nihilista, inherente a la economía de mercado y a la cultura capitalista, se convierten en los vectores culturales mayoritarios.

(4) La fuerte penetración en el periodo 60-80 de las ideologías que combatían la hegemonía de las doctrinas cristianas y arrinconaban la experiencia religiosa en el ámbito estricto privado.

(5) Y ciertamente, la incapacidad de respuesta de las diferentes iglesias cristianas de la mayoría de los países occidentales.

En el Catolicismo, su incapacidad de respuesta significó la marginalización del catolicismo montiniano. Nuestro catolicismo “montiniano”, o “conciliar”, algunos también lo han llamado ilustrado o liberal, muy identificado con el personalismo católico y con los impulsores del Concilio Vaticano II, con la Acción Católica y las OIC (Organizaciones Católicas Internacionales) ha vivido un proceso de marginalización eclesial que se inició a mediados de los años 80 a medida que nuestros movimientos perdían fuerza e influencia y los aires vaticanos empezaban a potenciar otras líneas pastorales. Durante el largo mandato de Juan Pablo II se reforzaron los nuevos movimientos, que habían de reevangelizar medio Europa y el resto del mundo, y revitalizar una Iglesia, decían, demasiado plural y desorientada después del posconcilio. Después de los años de diálogo con el mundo, se necesitaba, decían, una Iglesia fuerte, con una identidad fuerte, con un mensaje unitario y homogéneo, que respondiera a una sociedad cada vez más secularizada. Se combatieron de forma sistemática las teologías y eclesiologías que podían parecer díscolas con las interpretaciones más ortodoxas de la fe. Y todo esto en un mundo cada vez efectivamente más secularizado –especialmente en Europa, con la caída del muro de Berlín, la victoria aparente del liberalismo más radical, la Sociedad de la Información y la revolución tecnológica. La revisión del Concilio iniciada por Juan Pablo II y algunos nombramientos vaticanos implicaron fuertes tensiones de la cúpula vaticana con sectores eclesiales que no se identificaron con el giro en cierta manera restauracionista. Surge a mediados de los años 80 un catolicismo radical públicamente crítico del Papado que progresivamente va desvinculándose de las estructuras eclesiales tradicionales. Un catolicismo crítico que exige seguir con la apertura iniciada en el Concilio abrazando los temas tabú de la Iglesia Católica: celibato, ordenación de las mujeres, democratización y descentralización de la Iglesia. Durante estos años este catolicismo se radicaliza en sus posiciones, se fragmenta capilarmente en multitud de pequeñas comunidades y organizaciones y rompe de hecho su vinculación ordinaria con la Iglesia. Al pasar los años se envejece y su fuerza va diluyéndose en una fragmentación excesiva. Este catolicismo crítico lo defino como el catolicismo de la diáspora.

Frente a este catolicismo, en los últimos veinte años, los sectores asentados en las cúpulas de decisión de la Iglesia han ido promoviendo nombramientos en diócesis, organizaciones y movimientos que han favorecido el auge de un catolicismo revisionista del Concilio y de manera muy especial de la Gaudium et Spe y de su mirada, dicen, optimista del mundo, que defienden una Iglesia fuerte, con voluntad de ordenar e incidir en el marco jurídico de nuestras sociedades y que acoge en su seno la agenda de los movimientos identificados con la extrema derecha: contra el aborto y métodos anticonceptivos, contra la homosexualidad, contra la inmigración, a favor de la familia tradicional, etc.. Pero esta agenda más moral esconde una otra de carácter económico y social identificada con el ultraliberalismo más conservador. Este es el catolicismo restauracionista, del tea-party. Estos grupos, recuperaron un mayor protagonismo a mediados de los 90 para ocupar progresivamente los ámbitos de responsabilidad eclesiales. Siguiendo la estrategia de los grupos protestantes fundamentalistas de los Estados Unidos han decidido aparecer en la escena pública a través de los medios de comunicación y de manera especial a través de los New Media para conseguir una visualización pública de su proyecto. Al representar muchas veces la única voz eclesial presente en la esfera pública, un amigo me pregunto recientemente: ¿Tu crees que existe un futuro de la Iglesia al margen de la extrema derecha?

Frente a estos extremos nuestra sensibilidad eclesial se ha encontrado, como casi siempre ocurre, un poco perpleja y sin capacidad de reacción pública. Algunos de nuestros compañeros disgustados por la orientación de unos y otros prefirieron irse sencillamente a casa. Otros, quizás los más, y algunos grupos de Pax Romana, se incorporaron en el catolicismo de diáspora y allí se quedaron. Pocos, muy pocos, los menos, pasaron a formar parte del tea-party. La gran mayoría continúan en sus parroquias, en sus comunidades, un poco envejecidos, preocupados por la dificultad de encontrar nuevas generaciones, en comunión eclesial un poco lejana y a veces autista, y sin entender actitudes de la Iglesia como la de la COPE, entre otras, que han tomado fuerza durante los últimos diez años.

Yo mantengo una hipótesis, que no convence a mis amigos más ilustrados en temas eclesiales, y que quiero tan sólo quiero volver a repetir y apuntar nuevamente: el catolicismo montiniano es aún el mayoritario de nuestra Iglesia. Es el que aguanta las Cáritas, un gran número de parroquias y escuelas religiosas. En las órdenes religiosas, sin duda alguna es el mayoritario. Es cierto que aún siendo el mayoritario ha perdido referentes públicos, una vez los Cardenales Martini y Echegaray se han jubilado y han perdido visibilidad y presencia pública. Es sencillamente como no existiera. Pero somos más. Quizá lo que nos falte es agruparnos y ganar visibilidad pública.

3. Nuestro contexto cultural: los tres grandes vectores culturales hegemónicos: individualización, mercantilización y relativismo.

Pero los extraordinarios cambios que hemos vivido durante estos últimos treinta años se deben sobretodo, como ya he apuntado anteriormente, a los cambios económicos, sociales y culturales. Esto es lo que voy a explicar el próximo lunes en el Centro de Estudios Pastorales y que ahora reproduzco brevemente.

3.1. Proceso de Individualización. Como consecuencia de estos cambios nos encontramos, en palabras del sociólogo alemán Ulrik Bech, en primer lugar, ante un “proceso de individualización”. Un proceso directamente relacionado con “la segunda modernidad”, o modernidad “reflexiva”, que difiere de la primera, hija de la Ilustración, en el sentido que ya no es suficiente con “ser individuo” sino que el objetivo fundamental es “hacerse individuo”. Para Beck: “Estamos viviendo una época en la que el orden social del Estado nacional, la clase, la etnicidad y la familia tradicional están en declive. La ética de la realización personal es la corriente más poderosa de la sociedad moderna. El ser humano elegidor, decididor y configurador, que aspira a ser el autor de su propia vida y el creador de una identidad individual, se ha convertido en el protagonista de nuestro tiempo” . La obsesión del individuo es poder escoger, decidir y configurar su propia vida e identidad personal, sin prácticamente mediaciones.

Peter L. Berger también insiste en este mismo concepto. Berger y Samuel Huntingthon, dirigieron una investigación sobre las diferentes formas de la globalización en todo el mundo. En la introducción Berger afirma que los cuatro vectores que han impulsado la globalización en todo el mundo son: en primer lugar, “the Davos Culture”, es decir, la cultura del gran capitalismo triunfante y de las grandes TNC’s con una gran difusión mediática, que incide en redes de jóvenes profesionales en todo el mundo, una especie de yuppie internacional; el segundo factor, “the faculty club culture”, redes de profesores, ONG’s, funcionarios internacionales, fundaciones, especializados en temas interculturales, género, derechos humanos, medio ambiente, sociedad de la información entre otros temas específicos; en tercer lugar, “The McDonald’s Culture”, sinónimo de la cultura popular que se extiende a través del entretenimiento de las majors americanas en todo el mundo, y finalmente, por otros tipos de movimientos populares como el movimiento “el evangelista protestante de matriz pentecostalista”. Este cuatro vectores si tienen algo en común es: “la individuación: todos los sectores de la cultura global emergente abrazan la independencia individual contra la tradición y la colectividad”

3.2. Proceso de “relativismo moral”. En segundo lugar nos encontramos ante un proceso de “relativismo moral” que afecta de manera nuclear la visión, crea confusión y desorientación en amplios sectores europeos. El “relativismo moral” es el resultado de una lectura interesada y mercantilizada de la modernidad y la ilustración. Es el contrapunto de las visiones omniexplicativas y totalizantes del siglo pasado. Es el resultado directa del hundimiento de aquellas doctrinas filosóficas que habían intentado levantar un modelo científico de pensamiento y sociedad. Cómo nos recuerda Josep Ratzinger “El problema reside en que el relativismo se sitúa a si mismo más allá de todos los límites. Llega a aplicarse de manera plenamente consciente al campo de la religión y de la ética.” Es la matriz y el resultado de la posmodernidad. Es la renuncia de muchos a interrogarse de nuevo sobre el fundamental de la vida y del universo.

3.3. Proceso de mercantilización. En tercer lugar, estamos sumergidos en un proceso de mercantilización que afecta los diferentes ámbitos de la vida de las personas. Las reglas del mercado están penetrando en todas las esferas sociales y generan un incremento notable del malestar. Hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad dominada por sus reglas. Se prima ante todo la competitividad y la eficacia. El consumo, cada vez más sofisticado, parece no tener límites. La precariedad de las condiciones laborales aparece como indispensable para asegurar la competitividad de las empresas hasta el regreso de prácticas que pensábamos que habían desaparecido en los países desarrollados y que ahora sufren –especialmente en el sector servicios- los nuevos inmigrantes de algunos países del sur. La lógica del mercado penetra en ámbitos que hasta ahora permanecían alejados: en las políticas culturales se destaca ahora el “mercado cultural” y sus “industrias”, e incluso las bibliotecas, se dice, ya no son más que “stocks de conocimiento”. En la educación se priorizan los valores de la competitividad y de la eficacia por encima de todos. Las políticas sociales tienen que ser las mínimas y además “eficientes”, sino serán cuestionadas por costosas. La cultura es cada vez más la cultura del entretenimiento, de la banalidad y del consumo efímero, con una gran dosis de hedonismo.

Esos tres procesos implican una progresiva desinstitucionalización de nuestras sociedades y una “miniaturización de la comunidad”, que favorece la gran ruptura a que asistimos y a un proceso general de desarraigo del individuo. Esta desinstitucionalizació afecta al núcleo de los sistemas tradicionales de transmisión de valores y de incrustación social. Nos encontramos ante una dificultad importante en el proceso de socialización, de afirmación de la identidad. Este proceso comporta dificultades notables en los mecanismos de socialización especialmente de los jóvenes, del necesario arraigo de la persona en una comunidad concreta, en una red de relaciones estables. Así mismo, en una cultura condicionada en exceso por la inmediatez -la búsqueda de resultados, el entretenimiento, las apariencias, los sentimientos- que facilita de manera directa el lenguaje audiovisual (hemos pasado de la cultura del razonamiento que induce la lectura a la cultura de los sentimientos que induce el lenguaje audiovisual), y por una cultura líquida como señala el filósofo polaco Zygmunt Bauman en el sentido que en la modernidad todo es líquido, evanescente, provisional. Que la precariedad es el signo de nuestro tiempo. Que nuestro mundo, de la mano de la tecnología y la ciencia, avanza de manera vertiginosa sin rumbo. Que se impone la aceleración sobre la eternidad, la novedad sobre la tradición, la velocidad sobre la serenidad. La cultura de la modernidad “parece más una cultura del distanciamiento, de la discontinuidad y del olvido” .

4. Las tres dimensiones de nuestra acción y testimonio en los medios culturales y profesionales:

“Profesionales e intelectuales católicos lentamente, pero con paso firme, van tomando conciencia de su responsabilidad, en esta hora dramática y a la vez rebosante de esperanza. Los pobres están desvelándose por doquier: van tomando conciencia de sus derechos, de sus responsabilidades y de su fuerza transformadora en un mundo que les es hostil. Unos otros, que tuvieron el privilegio de acceder al saber y al poder que da este saber descubren su responsabilidad. Se dan cuenta de que las cualidades de las que están dotados no son suyas sino dones recibidos de Dios a través de la naturaleza (…) Descubrieron, por tanto, que estas cualidades y capacidades han de ser puestas, de alguna manera, al servicio del desarrollo integral de los otros”

He querido empezar con estas palabras de Bonaventura Pelegrí porqué nos señalan un horizonte irrenunciable: “Se dan cuenta de que las cualidades de las que están dotados no son suyas sino dones recibidos de Dios (…) Descubrieron que estas cualidades y capacidades han de estar puestas al servicio del desarrollo integral de los otros (los pobres)”.

Des de esta perspectiva me atrevo a formular tres dimensiones de nuestra acción y testimonio en los medios profesionales e intelectuales:

4.1. Una acción social y política orientada hacia la justicia y la dignidad de la persona humana desde la opción preferencial por los pobres.

Una acción que si bien es consciente que “En el curso de nuestra historia humana, no existirá nunca un estado absolutamente ideal, y nunca podrá establecerse un ordenamiento definitivo de la libertad. El hombre se encuentra siempre en camino y es siempre finito (…) Pero debemos esforzarnos por llegar a la máxima aproximación de lo que es verdaderamente justo. Todo lo demás, toda escatología intrínseca a la historia, no libera, sino que engaña y, por tanto, esclaviza” , no renuncia efectivamente a construir la mejor y más justa de las sociedades posibles al lado de los que más sufren, de los más débiles, construyendo el mejor de los futuros imperfectos , o la utopía realista . En y desde nuestro medio profesional, social, familiar discerniendo a la vez en qué dirección deben dirigirse los dones –capacidades- que hemos recibido y ejercitando – y ésta es una palabra muy apropiada- en comunidad y en la soledad de la oración y contemplación como nuestra acción se orienta, en lenguaje Ignaciano, “a mayor gloria de Dios.” Una acción “que cuando está inspirada y sostenida por la caridad, contribuye a la edificación de esta ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana.”

4.2. Una acción cultural orientada hacia los valores que ayuden a construir comunidad, cooperación, fraternidad y solidaridad.

Desde una búsqueda honesta y crítica de la Verdad. Jonathan Sacks, Gran Rabino de la Unión de Congregaciones Hebraicas de la Commonwealth, en un reciente artículo al “Times” en motivo del viaje del Santo Padre en Gran Bretaña escribía: “El Papa Benedicto XVI ve el papel de la Iglesia Católica como el de “una minoría creativa” más interesada en la influencia que en el poder. Para los católicos esto es relativamente nuevo, pero para los judíos esto ha sido nuestra realidad durante 2000 años.” Y sigue: “Este es el mejor lugar de la religión, sin poder, a contracorriente, dispuesta a cuestionar los ídolos de nuestro tiempo, apelando a los mejores ángeles de la naturaleza, apoyando a las familias y a las comunidades, trabajando junto a los demás, independientemente de su fe o de su falta, dignificando nuestro orden social. Esto sí que es un reto espiritual digno de nuestro esfuerzo.” La influencia supone una capacidad de mediación cultural y de reivindicación de una agenda prioritaria de valore frente a los hegemónicos –individualización, relativismo, mercantilización. Estos valores deberían ser, y sólo lo apunto, los que insistan en la dimensión comunitaria de la persona humana, y los orientados hacia la cooperación, fraternidad y solidaridad frente a la lógica de la competencia mercantil. La defensa de unos valores orientados a la dignificación de la condición humana y la justicia, insisto, desde la opción preferencial por los pobres cuya dignidad – la de los pobres- está más desfigurada y sin culpa propia. En resumen, una acción cultural orientada a buscar críticamente la Verdad, aún siendo esta aquel faro lejano que intuimos a través de la niebla, pero que nos marca un itinerario y nos recuerda, eso sí, que no podemos renunciar a estar en camino hacia la Verdad.

4.3. Una acción que se nutre de la oración y de la contemplación del misterio de la Revelación.

Es precisamente este estar en camino hacia el reconocimiento de la Revelación dónde la acción se forja, una acción nutrida en la oración y desbordada en la contemplación. Y es posible, este es al menos mi caso, que nuestra mayor dificultad de orientar nuestra acción se encuentre en gran medida en la dificultad de mantener de manera persistente y metódica una vida de oración y contemplación que nos ayude a sentir, vivir y penetrar en el metarelato del sentido propio de la experiencia cristiana. Además, un buen amigo me sugiere que añada, y tiene toda la razón del mundo, que en muchas ocasiones la oración se frustra en nosotros, no sólo por su escaso espacio en nuestras vidas, sino también, y quizá antes, cuando nuestras experiencias de vida son las de los acomodados e “intelectuales”. Si la injusticia de los más pobres no me afecta inmediatamente, como contexto personal de vida, no es fácil que la espiritualidad acoja bien esa interpelación de Dios y a Dios.

5. Reagrupar, dar consistencia, relato, proyección y conseguir visibilidad pública del catolicismo conciliar. ¿El Catolicismo como minoría creativa?

Probablemente como consecuencia de una reacción ante modelos anteriores de cristiandad, espero superados, a pesar del restauracionismo tea-party, pero también, como resultado de una cierta diasporazación del cristianismo y una excesiva individualización de la fe, el cristianismo ha ido perdiendo una dimensión pública –colectiva- de la fe en el espacio público. La pérdida referencial en el espacio público ha debilitado la contribución cultural, social y ética del cristianismo en nuestra sociedad. Y por extensión, como no podía ser de otra manera, afectando la misma transmisión de la fe. Por otra parte, ciertas apariciones públicas de la Iglesia se sitúan preferentemente en sintonía con el restauracionismo tea-party, satisfaciendo a los suyos, y ahuyentando la gran mayoría.

Jonhatan Sacks nos recordaba que el mejor lugar de las religiones se encuentra precisamente en ser una minoría creativa, sin poder, con capacidad de influencia, a contracorriente, al servicio de la comunidad. Si la Iglesia está llamada a ser esta minoría creativa nuestros grupos y federaciones están llamados – y me doy cuenta que estoy citando demasiado a Benedicto XVI, es por lo de la visita a Barcelona en quince días, podrían estar llamados a trabajar en el atrio o patio de los gentiles. Oriol Domingo, periodista de información religiosa de “La Vanguardia” afirmaba hace unos días en su Blog en referencia a la Fundación Joan Maragall: “Desde finales del 2009, el Papa preconiza el atrio o patio de los gentiles. Aquel espacio del templo de Jerusalén de la época de Jesús donde judíos y paganos se encontraban y dialogaban. La Fundació Joan Maragall realiza este planteamiento desde su creación hace 20 años”.

Sé que la Iglesia no está sola en su ser minoría creativa, ni aspira a esa soledad; todo lo contrario, está con otros, y lo hace desde su particular identidad religiosa. No sé si atrio de los gentiles, minoría creativa, en todo caso lo que si intuyo es la necesidad de una mayor agrupación y proyección del catolicismo conciliar en la esfera pública. Es difícil, pero es urgente y necesario. Forma parte, también, muy probablemente, de una de las dimensiones de nuestra acción.

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